A principios de la década de 1970, la industria del cómic en Japón atravesaba un periodo de profunda reestructuración. El manga shōjo, destinado teóricamente a un público femenino joven, había sido durante años un territorio dominado por autores varones que replicaban fórmulas dramáticas sencillas, centradas en melodramas familiares o heroínas sufridoras. Sin embargo, en el trasfondo de una sociedad en plena ebullición cultural y protestas estudiantiles, irrumpió una generación de jóvenes dibujantes dispuestas a dinamitar las reglas del juego. Este colectivo insólitamente talentoso pasaría a la historia de las letras niponas bajo el nombre del Grupo del Año 24 (24-nen Gumi).
El término hace referencia al año 24 de la era Showa (1949), año aproximado en el que nacieron las integrantes fundamentales de este fenómeno: Moto Hagio, Keiko Takemiya, Ryōko Yamagishi, Yumiko Ōshima y Toshie Kihara, entre otras autoras estrechamente vinculadas como Riyoko Ikeda. Lo que comenzó como una coincidencia generacional se convirtió rápidamente en un movimiento vanguardista que transformó el manga de ser un mero entretenimiento infantil a consolidarse como una forma de arte compleja, introspectiva y formalmente audaz.
El contexto histórico: Del entretenimiento infantil al debate intelectual
Para comprender la magnitud de la transformación impuesta por el Grupo del Año 24, es necesario examinar el panorama editorial previo. Tras la Segunda Guerra Mundial, gigantes del manga como Osamu Tezuka sentaron las bases del shōjo con obras como La princesa caballero (Ribon no Kishi). Aunque innovadoras, estas publicaciones mantenían estructuras narrativas rígidas y temáticas limitadas por las convenciones morales del Japón de posguerra.
A finales de los años 60, las editoriales comenzaron a abrir la puerta a mujeres creadoras. Sin embargo, fue la convivencia entre Moto Hagio y Keiko Takemiya en un modesto apartamento del distrito de Nerima, en Tokio — un lugar conocido popularmente como la Villa Oizumi, del cual solo queda lo que se conoce como Oizumi Anime Gate —, lo que encendió la chispa revolucionaria. Al igual que el legendario edificio Tokiwa-sō albergó a los pioneros del manga masculino en los años 50 — y que hoy es Museo del Manga Tokiwa-sō —, Oizumi se convirtió en un salón bohemio y centro de debate intelectual.
Allí, estas jóvenes autoras devoraban literatura europea, cine de la Nouvelle Vague, música rock y tratados de psicología. Intercambiaban bocetos, discutían técnicas de entintado y cuestionaban la rigidez de las viñetas tradicionales. En este ambiente de efervescencia mutua comprendieron que el manga femenino no tenía por qué limitarse a relatos inocentes; podía ser el vehículo para explorar la angustia existencial, la sexualidad y la identidad humana.

La destrucción de la viñeta: Revolución visual y poesía gráfica
La contribución más evidente y radical del Grupo del Año 24 radica en su completa reinvención de la gramática visual de la historieta. Hasta su llegada, la retícula de las páginas de manga era predominantemente geométrica y ordenada, diseñada para una lectura secuencial clara de derecha a izquierda en cuadros cerrados.
Las autoras del Año 24 destrozaron la viñeta tradicional. Introdujeron lo que la crítica denomina ‘composición fluida’ o despliegue psíquico del espacio. Las fronteras entre recuadros desaparecieron o se volvieron porosas; los rostros de los personajes se superponían a paisajes alegóricos, y elementos simbólicos como flores, pétalos al viento, plumas, espejos rotos o estrellas se integraban en la narrativa no como simple decoración, sino como extensiones del estado emocional de los protagonistas. Leer un manga ahora era una experiencia con dinamismo editoral.
Mediante el uso magistral del monólogo interior, disperso a lo largo de composiciones a doble página, el Grupo del Año 24 logró plasmar la dimensión psicológica de una forma que el manga nunca había visto. La página dejó de ser una mera sucesión temporal de hechos para convertirse en un mapa emocional tridimensional donde el tiempo parecía congelarse, dilatarse o acelerarse según la intensidad de la vivencia del personaje y al mismo tiempo una expresion de arte visual.
Subversión de género y dilemas existenciales: Ciencia ficción y shōnen-ai
Más allá de la forma, la gran revolución se produjo en el fondo. El Grupo del Año 24 introdujo géneros considerados hasta entonces patrimonio exclusivo del manga masculino (shōnen), como la ciencia ficción filosófica y la novela histórica de gran escala, pero abordados desde una perspectiva interna y sociológica profundamente novedosa.
Moto Hagio sorprendió a la crítica con obras maestras de la ciencia ficción como ¿Quién es el undécimo pasajero? (11-nin iru!) o Marginal, donde la exploración espacial servía como telón de fondo para reflexionar sobre la sobrepoblación, el aislamiento social y la fluidez de género. Por su parte, Riyoko Ikeda conmocionó a Japón con La Rosa de Versalles (Versailles no Bara), un monumental drama histórico ambientado en la Revolución Francesa cuyo personaje central, Oscar François de Jarjayes, es una mujer criada como varón que desafía los roles de género estables de la sociedad estamental.

Asimismo, el grupo fue pionero en el desarrollo del género shōnen-ai (relaciones románticas entre chicos), antecedente directo del moderno Boy’s Love (BL). Obras seminales como El corazón de Thomas de Hagio o La balada del viento y los árboles (Kaze to Ki no Uta) de Takemiya no buscaban el voyeurismo, sino utilizar personajes masculinos andróginos (bishōnen) para explorar el deseo, el trauma y la vulnerabilidad sin las ataduras de las estrictas expectativas de conducta impuestas a las mujeres jóvenes en el Japón patriarcal de la época.
El legado perdurable: La simiente del manga contemporáneo
El impacto del Grupo del Año 24 redefinió para siempre la industria del cómic en Japón. Su éxito comercial y crítico obligó a las grandes editoriales como Shogakukan y Kodansha a tomar en serio el manga creado por y para mujeres, otorgando a las autoras una autonomía creativa sin precedentes. Gracias a este salto cuantitativo y cualitativo, el shōjo dejó de ser visto como un subgénero menor y pasó a liderar la vanguardia artística del país.
La influencia del grupo trasciende el propio manga femenino. Directores de animación de renombre internacional como Hideaki Anno (creador de Neon Genesis Evangelion) y Kunihiko Ikuhara (director de Revolutionary Girl Utena) han reconocido abiertamente la influencia decisiva del lenguaje visual y los temas identitarios introducidos por Hagio, Takemiya e Ikeda. Del mismo modo, colectivos de éxito global como CLAMP o autores de manga seinen como Kentaro Miura (Berserk) heredaron la expresividad dramática y la complejidad en el diseño de página perfeccionadas por esta generación irrepetible.
Las arquitectas del lenguaje del manga contemporáneo
El Grupo del Año 24 no solo cambió la forma en que se dibujaban y leían las historietas en Japón; transformó la manera en que se procesaban las emociones, el género y la individualidad a través del arte secuencial. Al atreverse a cuestionar las fronteras de la viñeta y los tabúes de la sociedad de su tiempo, estas creadoras abrieron las puertas a una libertad expresiva de la que se sigue beneficiando la narrativa gráfica mundial.
Su legado demuestra que la verdadera innovación surge cuando se desafían las convenciones impuestas. Moto Hagio, Keiko Takemiya y sus contemporáneas no solo dibujaron historias: esculpieron un nuevo idioma visual que continúa vivo en cada página de manga que busca emocionar, cuestionar y trascender.